10 de febrero de 2024
Pesic, el marinero yugoslavo que fue el "perejil" perfecto de la Bonaerense
Mayo de 1978. En un país sojuzgado por la dictadura y a semanas del comienzo del Mundial de Fútbol, el crimen de Mirtha Godoy -"alternadora" en una whiskería de Necochea- pasó del silencio a las tapas de los diarios gracias a dos periodistas que no creyeron la versión oficial de la policía.
Entre la penumbra, una silueta femenina se contorneaba solitariamente sobre una tarima al compás del tema “Tiburón a la vistaâ€, el hit de Los Wawancó.
La pista de baile estaba vacÃa. En la barra, dos tipos bebÃan en silencio.
Al concluir esa canción, la mujer bajó del pedestal para caminar con desgano hacia ellos. Después, los tres se instalaron en una mesita del fondo; al rato se les unió la “madama†del lugar.
Los tipos comentaron algo antes de soltar una sonora carcajada. Esa risa hizo que, desde una mesa aledaña, un hombre se fijara en ellos; luego volvió a concentrarse en su vaso de vodka.
Era la madrugada del 8 de mayo de 1978, y allÃ, en la whiskerÃa “Elsaâ€, de Necochea, no habÃa otros clientes.
Las chicas del lugar le lanzaban miradas sugestivas. Pero él parecÃa no advertirlo, tal vez sumido en algún recuerdo. Se trataba de Milivoje Pesic, un marinero yugoeslavo que integraba la tripulación del Mavro Vetranic, un carguero anclado en el puerto de Quequén. Lo cierto es que estaba lejos de imaginar el cariz que tomarÃa la velada.
El primer signo del asunto fue auditivo: un griterÃo que provenÃa de la mesita del fondo. La discusión entre los dos tipos y sus acompañantes pasó a las manos, en medio de insultos y alaridos.
Fue entonces cuando Pesic decidió intervenir. Pero, de pronto, a mitad de camino, vio las estrellas, antes de que todo se le oscureciera. En realidad, un botellazo habÃa estallado en su mollera y cayó de bruces.
Quien sabe cuánto tiempo tardó en recuperar la conciencia. La cuestión es que, al abrir los párpados, vio el cadáver despanzurrado a puntazos de la mujer que habÃa bailado en la tarima. La otra, con heridas leves, gemÃa. Rápido de reflejos, Pesic puso los pies en polvorosa.
Ya clareaba cuando llegó al muelle. Y con premura, intentó alcanzar la escalerilla del barco, cuando varias manos lo tomaron por atrás, en medio de órdenes e insultos. Esposado por la espalda, lo arrojaron a un patrullero que lo condujo a la comisarÃa 1ª de Necochea. Esa fue la primera escala de su pesadilla.
Todo está guardado en la memoria
Todo indica que los policÃas querÃan resolver el caso lo más rápido posible. Y no malgastaban el tiempo. A tal efecto, lo tenÃan Pesic –aún esposado y ya con un ojo en compota– en una silla, ante unan lámpara que lo enceguecÃa.
Para que no se cayera del asiento, dos agentes lo sostenÃan, mientras el comisario Gerardo Arias –a quien esta trama le darÃa una módica celebridad– lo ametrallaba con preguntas. Por respuesta, el detenido sólo balbuceaba frases incomprensibles, ante las cuales el comisario insistÃa cada vez con peor talante.
En este punto, cabe aclarar que Pesic era polÃglota; sabÃa hablar en tres idiomas –inglés, francés e italiano–, además de su lengua natal. Sin embargo, no entendÃa ni una sola palabra en español. AsÃ, con semejante obstáculo, transcurrió su interrogatorio, hasta que lo obligaron a firmar la confesión.
Su siguiente escala fue la cárcel de Azul, mientras el carguero Mavro Vetranic zarpaba sin él hacia Europa. Pesic quedó asà librado a su suerte.
Al principio, el asesinato de la copera Mirtha Noemà Godoy, de 21 años, y las heridas a la “madama†Rafaela Villavicencio, de 42, tuvieron una escasa repercusión; sólo el diario “El Atlánticoâ€, de Mar del Plata, se ocupó del tema, mientras la prensa nacional únicamente transcribÃa algún cable de agencia.
Pero, poco después, dos cronistas del diario ClarÃn –Emilio Petcoff y Enrique Sdrech– se interesaron en el asunto, luego de que se contactara con ellos el abogado Hugo Trogu, quien defendÃa a Pesic. Éste, de ascendencia yugoeslava, fue hasta entonces la única persona que, por razones idiomáticas, pudo comunicarse con el marinero.
Pero fue escasa la información que él fue capaz de proporcionarle, dado que la oscuridad en la escena del hecho y el golpe que lo dejó sin sentido hizo que, con respecto a la secuencia del crimen, su amnesia fuera total. O casi.
Ocurre que, en medio de las horas muertas del encierro, el pobre Pesic se devanaba los sesos para tratar de reconstruir aquella maldita circunstancia. Y súbitamente, tuvo –dirÃase– una revelación. Entonces, sobre un papel dibujó dos rostros; eran los de aquellos dos sujetos que vio en esa whiskerÃa de mala muerte durante la noche de su desgracia.
Petcoff escrutó con ojo clÃnico una fotocopia de ese identikit tumbero, antes de pasárselo a Sdrech. El doctor Trogu los medÃa con una expresión expectante. Luego, les contó que el fiscal de la causa, Eladio Bermúdez, no tomó en cuenta este elemento de prueba, sin siquiera sumarlo al expediente.
DÃas después, en Necochea, Petcoff se dejó caer en la whiskerÃa Elsa. Allà entabló un diálogo trivial con la madama Rafaela.
Ella chorreaba simpatÃa, hasta que el periodista le exhibió la fotocopia con los retratos. Su interlocutora palideció y, esgrimiendo una excusa, dio por terminada la conversación. Notable.
A la mañana siguiente, fue Sdrech quien acudió a la comisarÃa 1ª. Allà fue atendido por el propio Arias, quien, con sumo beneplácito, se ufanó de su celeridad en esclarecer el crimen de Mirtha Godoy.
Pero, al serle exhibido los retratos, su actitud cambió. Y, de mala gana, sólo cinco palabras salieron de su boca:
–¿Quién carajo le dio eso?
La entrevista concluyó asÃ.
La serie de artÃculos que a partir de entonces ambos publicaron sobre el crimen de Necochea hacÃa foco en el entramado delictivo que subyacÃa en este caso, a través de una variada gama de actividades mal vistas por el Código Penal, en las cuales se deslizaba el largo brazo de policÃa local. Una hazaña periodÃstica en medio de la última dictadura. Sin embargo, no por eso varió la situación procesal de Pesic. Y el juicio en su contra fue fijado para el 3 de julio del año siguiente.
La ley del garrón
Para entonces, el caso estaba en la boca de todos. Tanto es asà que la opinión pública se dividÃa entre quienes sostenÃan la inocencia de Pesic y quiénes no, mientras los diarios derramaban rÃos de tinta al respecto.
El juicio oral –presidido por el doctor Guillermo Vallejo– apenas duró cuatro audiencias; las suficientes para sellar el destino del acusado. Entre los periodistas, claro, estaban Petcoff y Sdrech.
En una de sus crónicas, este último describió este proceso de un modo palmario: “Es un circo donde declararán 29 personas, y la única que no tiene antecedentes penales es Pesicâ€.
Petcoff, a su vez, escribió: “SerÃa injusto que algunos testigos del caso no figuren en la historia universal de la mendacidadâ€. Por cierto, no exageraba.
HabÃa uno –que se presentó como “ratero y folkloristaâ€â€“ a quien no se le movió un solo músculo del rostro al declarar haber visto desde el baño el momento “en que Pesic, muy mamado, atacaba a las mujeres con un cuchilloâ€.
Otro sujeto de averÃa, apodado “el Fisgón†–porque su fetiche consistÃa en espiar los movimientos del salón desde los agujeros del techo–, sumó a los dichos del testigo anterior un detalle: “En el momento de abalanzarse sobre las mujeres con un cuchillo, el acusado tenÃa el miembro erguidoâ€.
Por su parte, la señora Villavicencio se mostró reticente, aduciendo que “creÃa reconocer†a Pesic como el victimario.
El acusado la miró fijamente. Y ella se volteó hacia él para decirle:
–Vos sabés que yo sé lo que pasó aquella noche.
Y se retiró sin que hubiera ninguna otra pregunta para ella.
Todos, además, coincidieron en que, al momento del ataque, los tipos que bebÃan con las vÃctimas ya se habÃan retirado. Y que tal vez eran turistas, ya que nadie los conocÃa. Ni los identificaron en los retratos que les exhibió el defensor. Y los jueces tribunal no se interesaron mayormente en ellos.
Algo, a los ojos de Petcoff y Sdrech, resultaba más que evidente: todos los testigos estaban enlazados en un mismo patrón narrativo, como si hubieran sido entrenados –quizás por la policÃa– para encubrir al autor (o autores) del asesinato de Godoy y las lesiones de Rafaela.
La clave –pensaban– estaba depositada en esas dos figuras fantasmales. Sea como fuere, el 6 de julio, Pesic fue condenado a 16 años de prisión.
La conexión sevillana
El tiempo para él fue transcurriendo lentamente. Mientras tanto, muchas voces clamaban (vanamente) por su inocencia. Un incordio menor para la Justicia de aquella época, sometida al poder militar, a pesar de la presión del Vaticano, del gobierno Yugoeslavo y de las Naciones Unidas.
Pero, de pronto, algo pasó: a comienzos de 1983 cayó en la ciudad española de Sevilla una banda de 30 argentinos por tráfico de cocaÃna. Entre ellos habÃa dos hampones de de poca monta: Carlos Alberto Farnos y Juan Hankel, oriundos de Necochea. Sus fotografÃas salieron en el diario El PaÃs.
Eran los tipos del dibujo de Pesic.
Antes de que aquello tomara estado público, el gobernador bonaerense, Jorge Aguado, le redujo la pena a la mitad, antes de conmutársela por “buena conductaâ€. Pesic partió de inmediato a su paÃs.
Mientras tanto, en un juzgado ibérico, Farnos y Hankel confesaban con lujo de detalles sus autorÃas en el crimen de Godoy.
De inmediato se solicitó desde Buenos Aires su extradición. Un trámite inconcluso, ya que ambos se fugaron de una alcaidÃa sevillana.
Pesic, desde luego, jamás regresó a la Argentina. Dicen que, alistado en el ejército serbio, murió en 1993, durante la guerra de Bosnia
De Hankel no se supo nada más.
Farnos, en cambio, se convirtió en el “culata†preferido del sindicalista Gerónimo “Momo†Benegas, a quien acompañó desde fines de los ’90 hasta, por lo menos, bien entrada la primera década del siglo XXI. Desde entonces, su rastro se extravió para siempre. Vueltas de la vida.
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