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5 de mayo de 2025

Espías rusos en la Argentina: Hugo Alconada Mon presentó una historia real

En una charla en la Feria del Libro, el periodista contó detalles de “Topos”, su nuevo libro

>Durante más de una diez años, dos espías rusos vivieron en Buenos Aires. Se hacían llamar Ludwig Gisch y María Rosa Mayer Muños. Estaban casados, sus hijos habían nacido en la Argentina y se movían como una familia de clase media. Pero estaban cumpliendo una misión secreta para Rusia.

Esta es la apasionante historia que cuenta el periodista Hugo Alconada Mon en su último libro, Topos. La historia real de los espías rusos que tomaron Buenos Aires como base de operaciones. Este domingo lo presentó en la Feria del Libro junto a su editora, Paula Pérez Alonso, quien elogió su dedicación al trabajo.

>Así escribe Alconada Mon en el libro. Y más adelante:

“Gisch les había dado la misma (y falsa) explicación a los porteros de la calle O’Higgins y los de la avenida Cabildo. Les planteó que era dueño de DSM&IT, una empresita que proveía servicios informáticos a personas y empresas, y quería evitar ese refrán que dice que “en casa de herrero, cuchillo de palo”. En otras palabras, quería usar su propio servicio de Internet para cotejar en tiempo real la prestación que recibían sus clientes >Pero no era verdad, no era un informático.

“Los porteros lidiaron, sin saberlo, con un agente de élite del Departamento 2, a cargo de América Latina, del “Directorado S” del SVR. Con uno de los “soldados del frente invisible”, al decir de Vladimir Putin, heredero de los zares, de Catalina la Grande, de Iozif Stalin >En la presentación del libro, el periodista y su editora contaron que la pareja fue recibida como heroína en Moscú por Vladimir Putin en 2024, tras un intercambio de prisioneros, después de que finalmente los detuvieran, muy lejos de Buenos Aires.

En la Feria del Libro, Alconada Mon explicó que la historia de los espías no se puede entender sin considerar el contexto de Rusia y la figura de Putin, quien fue un agente de la KGB antes de la caída de la Unión Soviética. El autor destacó que la concepción del espionaje en Rusia es diferente a la de otros países. “Para nosotros, espías son Jaime Stiuso o Fernando Pocino, eventualmente un espía que lo mandás a espiar y te mueve la ligustrina, como me espiaron a mí y a mi familia”, se rió.

Dijo, también que Putin -que hace años perteneció a la KGB- no abandona a sus hombres en el extranjero. Esta perspectiva le permitió comprender, aunque no justificar, las acciones de los espías rusos.

Alconada Mon también contó que el relato sobre estos espías rusos revela un intrincado proceso de transformación de identidades que comenzó en una pequeña aldea a 1500 km al este de Moscú. Él se trasladó a Ekaterimburgo para estudiar, una ciudad significativa, ya que allí fue reclutado. Durante un entrenamiento en contraterrorismo, conoció a su futura pareja, también espía. Solo tres meses después, en 2004, se casaron y comenzaron un extenso periodo de preparación en el que adquirieron las habilidades necesarias para mimetizarse con los occidentales, aprendiendo a hablar, comportarse y vestir como ellos.

Su adaptación fue minuciosa, desarrollando múltiples identidades, cada una con nombres, historias familiares y hasta referencias culturales específicas. Entre 2009 y 2022, residieron en Argentina bajo dos identidades diferentes.

Mientras simulaban una vida común en Argentina, los dos agentes rusos evitaron cualquier gesto que delatara su verdadero origen. Según se detalla en el libro, ella ni siquiera pronunció una palabra en ruso durante los partos. Tampoco escuchaban música de su país natal, ni veían televisión rusa, ni cocinaban platos típicos. Todo formaba parte de la estrategia para construir una identidad completamente desvinculada de su nacionalidad original.

En este caso, él se hacía pasar por un austríaco nacido en Namibia, hijo de una argentina. Ella afirmaba ser mexicana nacida en Grecia. Antes de llegar a su destino final, debieron obtener pasaportes válidos, estudiar, casarse, votar y formar una familia en el país intermedio. Todo este proceso fue clave para que la operación encubierta pareciera legítima y pasara desapercibida durante años.

Durante 20 años, vivieron tras una máscara, adoptando hasta cuatro identidades diferentes, cada una cuidadosamente construida para resistir cualquier interrogatorio y mantener su fachada como personas originarias de cualquier lugar que afirmaran ser.

Ese viaje marcó el final de su etapa en Argentina, donde habían construido su fachada. A partir de ese punto, todo indicaba que el margen de error se reducía al mínimo. Y aun así, en medio de la tensión, se comportaron como una familia cualquiera que sale del país: hicieron compras, buscaron pequeños placeres, intentaron no perder el control.

“Todo lo que está escrito pasó”, dijo Alconada Mon este domingo en la Feria del Libro

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