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8 de diciembre de 2025

Entre el caos radical y la institucionalidad

Si algún legado dejo, es el de haber cumplido con mi deber cuando era más fácil rendirse

>Asumir la Presidencia de la República, hace exactamente tres años, no fue un acto de ambición, sino de responsabilidad histórica. Recibí un país devastado, exhausto tras años de inestabilidad política, profundamente polarizado, herido por un conflicto territorial creciente, sometido a un deterioro institucional acelerado y atravesado por una desconfianza social que amenazaba con desbordarse. Asumí el mando en el instante más delicado de nuestra vida republicana reciente, cuando el Perú se acercaba peligrosamente a un vacío de poder capaz de desatar una ruptura institucional con consecuencias irreparables. No contaba con un partido que me respaldara, ni con operadores que sostuvieran políticamente al Ejecutivo, ni con la tranquilidad de un clima social estable. Contaba únicamente con la Constitución y con la consciencia de que, si daba un paso atrás, el país podía caer en manos de quienes pretendían convertir la crisis en oportunidad para imponer agendas radicales ajenas al orden democrático.

No fue sencillo ser la primera mujer presidenta del Perú en medio de semejante tormenta. El doble estándar aplicado a las mujeres en el poder se sintió con particular crudeza. En un país donde la cultura política sigue marcada por prejuicios de género, se me exigió demostrar autoridad sin exceder los límites que ciertos sectores consideran “aceptables” para una mujer; se me reclamó sensibilidad sin permitirme mostrar vulnerabilidad; se me pidió firmeza, pero se me condenó por ejercerla. A esa carga se sumó la de ser una mujer andina en un país donde la discriminación, durante décadas normalizada, continúa filtrándose en los juicios políticos y sociales. Mi identidad fue utilizada como arma arrojadiza tanto por quienes buscaban desacreditarme, como por quienes pretendían adueñarse de mi voz para moldearla a sus intereses.

Es cierto que cometí errores. Ningún ser humano enfrentado a la magnitud de una crisis múltiple —política, social, territorial y comunicacional— puede sostener la perfección. Hubo momentos en los que pude escuchar mejor, comunicar de manera más empática o anticipar reacciones que la vorágine política hacía imposibles de prever. Pero la responsabilidad de reconocer errores no disminuye mi convicción de que cada decisión fue tomada bajo la premisa de proteger al Estado y evitar que el caos se convirtiera en la nueva normalidad.

Goberné con firmeza, sí, y entregué un país estable y viable, que volvió a ocupar los primeros puestos de la región en solidez macroeconómica y proyección de crecimiento. Pero también goberné con amor de madre, atendiendo de cerca a la población más vulnerable, a los “nadies”, a quienes no tienen voz en los salones del poder y cuya dignidad suele ser la primera víctima de las crisis políticas. Lo hice por ellos, porque el Estado no puede abandonar a quienes más dependen de él.

Si la historia decide evaluarme, que lo haga desde la complejidad del momento, no desde la simplificación interesada. Que reconozca mis errores, pero que también entienda el peso de lo que enfrenté: un país dividido, una institucionalidad amenazada, una violencia política que buscaba arrasar con todo, un sistema que parecía empujar hacia la ruptura. Hice lo que correspondía, aun cuando muchos esperaban, o deseaban fuertemente, que no pudiera hacerlo.

* Dina Boluarte fue presidenta del Perú entre el 7 de diciembre de 2022 y el 10 de octubre de 2025

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