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6 de junio de 2026

El temporal que cambió los colores del puerto y le dio nombre a una calle

* Por Bernabé Tolosa para www.0223.com.ar

La trágica tormenta de Santa Rosa de 1946 marcó un antes y un después en Mar del Plata. El naufragio que costó la vida de 31 marineros dio origen a las icónicas lanchas amarillas como medida de seguridad y rebautizó a la calle Pescadores en su memoria.

La identidad marítima de Mar del Plata no solo se forjó con el éxito de sus temporadas pesqueras, sino también con el dolor de sus mayores tragedias. A comienzos del siglo XX, el crecimiento turístico y la llegada del ferrocarril dispararon la demanda de pescado. Poco después, la crisis global de 1929 y la instalación de empresas europeas consolidaron la captura de la anchoíta, posicionando a la ciudad como el principal puerto pesquero del país. Sin embargo, el verdadero punto de quiebre de esta historia combinaría una codiciada especie marina, una huelga y un temporal devastador.

La fiebre del cazón y la urgencia por zarpar

Durante la Segunda Guerra Mundial, el acceso a las zonas tradicionales de pesca de bacalao quedó bloqueado. La industria internacional demandaba con urgencia el valor nutritivo de estos aceites y el Mar Argentino ofreció una alternativa: el cazón. Los precios de este recurso se dispararon, desatando la llamada “fiebre del cazón”. El negocio era tan lucrativo que atrajo al puerto a decenas de personas, muchas de ellas sin experiencia alguna en la navegación.

Pero el invierno de 1946 había sido especialmente duro para las familias portuarias debido a una extensa huelga nacional que interrumpió el suministro de combustible. Para fines de agosto, el conflicto laboral finalmente se resolvió. Los pescadores, ansiosos por volver a trabajar y urgidos por la necesidad económica, se prepararon para salir masivamente a un mar que hacía tiempo no navegaban.

La trampa de Santa Rosa

La flota zarpó, pero los planes se desmoronaron por completo durante la madrugada del jueves 29 de agosto. Una feroz tormenta de Santa Rosa sorprendió a las embarcaciones en pleno océano. El viento rotó bruscamente hacia el sur con ráfagas que alcanzaron los 96 kilómetros por hora, mientras la lluvia cegaba la vista y las olas se elevaban hasta los ocho metros de altura.

Al día siguiente, el 30 de agosto, la incertidumbre se apoderó de la costa. Las primeras crónicas periodísticas de la época reflejaban el impacto: “La colonia pesquera de Mar del Plata vive horas de intensa inquietud ante la falta de noticias de varias embarcaciones”. La primera hipótesis apuntaba a que el temporal había sorprendido a los barcos sin suficiente combustible para regresar. Aunque en los días posteriores algunas lanchas lograron refugiarse en otros puertos, la búsqueda principal se volvió angustiante.

El 5 de septiembre se localizaron los restos de las embarcaciones faltantes y las esperanzas se apagaron: cinco lanchas se habían hundido y 31 trabajadores del mar perdieron la vida, en su mayoría hombres inexpertos atrapados por el oleaje. Con el correr del tiempo, el mar devolvió muy pocos cuerpos en playas distantes de la provincia de Buenos Aires.

El legado: visibilidad en el mar y memoria en el asfalto

El dolor de la peor tragedia pesquera de la ciudad apuró transformaciones profundas. La flota continuó creciendo y se abrieron las primeras exportaciones de derivados hacia Estados Unidos y Francia, incorporando, además, nuevas tecnologías de seguridad y artes de pesca. Sin embargo, el cambio más emblemático y visible ocurrió en la fisonomía de los propios barcos.

Originalmente, desde la inauguración de la escollera sur en 1924, las embarcaciones locales eran de color blanco. Esta tonalidad generaba graves problemas visuales en los días de niebla o marejada, lo que impedía divisar los barcos a la distancia y provocaba accidentes que más de una vez costaron vidas y pérdidas materiales. Tras la catástrofe de 1946, las autoridades dispusieron una medida práctica y obligatoria: todas las lanchas debían pintarse de un amarillo intenso para garantizar su visibilidad a varios metros de distancia. Para diferenciar el tipo de pesca de cada nave, se les añadieron detalles específicos en color rojo. Nacía así la postal clásica del puerto marplatense.

El homenaje comunitario también quedó plasmado en el mapa urbano. En 1958, una ordenanza municipal designó oficialmente a la antigua calle 62 del puerto con el nombre de “Pescadores”. El bautismo de esta arteria se impuso como un reconocimiento permanente a los trabajadores del puerto en general, y como un recordatorio silencioso para aquellos 31 hombres que se llevó el temporal.

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