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29 de junio de 2026

Mary Shelley, escritora inglesa: "Nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme"

La célebre frase aparece en "Frankenstein o el moderno Prometeo", clásico de 1816. El motor filosófico detrás de una de las mentes más brillantes del siglo XIX: el enfoque absoluto como el único refugio posible ante la tragedia y el caos existencial

El orden nace del caos, y la paz, de la determinación. Cuando Mary Shelley plasmó estas palabras, no lo hizo desde la comodidad de un cómodo gabinete literario, sino desde el centro de una tormenta personal y epocal. Corría el año 1816, el famoso "año sin verano", cuando un grupo de jóvenes románticos —entre ellos Percy Bysshe Shelley, Lord Byron y John Polidori— se recluyó en la Villa Diodati, a orillas del Lago Leman, en Suiza. Desde acá no parece, pero era un escenario verdaderamente claustrofóbico.

Ese año, 1816, conocido como el Año sin Verano, marcado por cielos grises y ceniza volcánica, nació el desafío de escribir la historia más terrorífica jamás contada. Para Mary Shelley, sin embargo, el reto se convirtió en algo superior: un ancla para su propia psique. "Siento que mi corazón arde con un entusiasmo que me eleva al cielo; pues nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme, un punto en el que el alma pueda fijar su mirada intelectual", escribió en su famoso Frankenstein.

La frase en cuestión no pertenece a un diario íntimo, sino que aparece de manera estratégica en el inicio de su obra cumbre, cuyo título completo es Frankenstein o el moderno Prometeo. Es pronunciada por el capitán Robert Walton en su primera carta a su hermana, mientras navega hacia el inhóspito Polo Norte. Walton, un explorador obsesionado con la gloria y el descubrimiento, encuentra en esa misión extrema una calma casi mística. El personaje, en espejo a la autora, habla del "propósito firme".

Pero, ¿qué era ese propósito? No se trataba de una simple meta, sino de un faro que rescata al alma de la deriva. Lo paradójico de la novela es que este mismo propósito, cuando se transforma en una obsesión ciega y desmedida —como le ocurre a Victor Frankenstein—, destruye todo vestigio de paz y humanidad. La mirada intelectual es, a la vez, salvación y condena. Esta idea sintetiza con precisión quirúrgica el temperamento y la filosofía de vida de Mary Shelley. Cuando escribió la obra, tenía 18 años.

Hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft —autora de Vindicación de los derechos de la mujer— y del pensador libertario William Godwin, creció en un ambiente donde la mente y el intelecto eran considerados los bienes más elevados del ser humano. Su vida estuvo signada por la tragedia: el fallecimiento prematuro de su madre a los pocos días de su nacimiento, la pérdida de tres de sus cuatro hijos y el ahogamiento de su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley. Desde el principio, se aferró a la literatura.

La importancia de Frankenstein o el moderno Prometeo trasciende el género del terror, inaugurando formalmente la ciencia ficción moderna. Su impacto cultural es tan vasto que ha inspirado desde clásicos del cine como la mítica Frankenstein de 1931 dirigida por James Whale, hasta reinterpretaciones teatrales y ensayos filosóficos contemporáneos. El libro funciona como una advertencia temprana sobre los límites de la ciencia y la falta de responsabilidad ética de los creadores frente a sus criaturas.

En su capa más íntima, la obra nos sigue hablando de la soledad y la necesidad existencial de pertenencia y dirección. En un mundo contemporáneo hiperconectado, ruidoso y frecuentemente propenso a la dispersión, la máxima de Mary Shelley resuena con una vigencia asombrosa. La firmeza de un propósito sigue siendo, hoy más que nunca, el bálsamo definitivo para no dejarse llevar por el entretenimiento superficial ni por las banalidades pasatistas del ego. Un propósito firme, el sentido de la vida.

Mary Wollstonecraft Shelley (Londres, 1797 - 1851) fue una escritora, dramaturga y biógrafa británica, hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del pensador político William Godwin. Recibió una educación intelectualmente estimulante pero afectivamente compleja. En 1814 comenzó una turbulenta relación con el poeta romántico Percy Bysshe Shelley, con quien se casó dos años después tras el suicidio de la primera esposa de este. Juntos emprendieron una vida itinerante por Europa.

La pérdida prematura de tres de sus cuatro hijos hizo que la depresión la acompañara durante toda su vida. A los 20 años alcanzó la inmortalidad literaria al publicar de forma anónima Frankenstein o el moderno Prometeo (1818). Tras el trágico ahogamiento de su esposo en 1822, regresó a Inglaterra y se dedicó por completo a la crianza de su único hijo sobreviviente y a consolidar su carrera profesional, publicando obras como Valperga (1823) y El último hombre (1826). Falleció en Londres a los 53 años.

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