El Gordo Naldi: un comisario rico, famoso, mediático y de La Bonaerense
Su redonda figura se hizo habitual en la televisión, ya sea al frente de cinematográficos operativos policiales para los noticieros o en paneles de "expertos" en programas de actualidad. Mario Naldi fue todo un personaje de la fuerza bonaerense en tiempos de Menem, luciendo ropa comprada en Miami y una Magnum 357 en la sobaquera.
El primero en salir por la escotilla fue un tipo de enorme papada al que los movileros conocÃan de memoria: el comisario Mario Naldi. Bañado en sudor, grueso como nunca, con su Magnum 357 colgando de la sobaquera, el “Gordo†–como lo llaman todos– regresaba asà de Catamarca, donde habÃa obtenido el mayor trofeo de su existencia: 1.030 kilos de cocaÃna envuelta en bolsas estampadas con el águila rampante del Cártel de Cali.
En este punto cabe asentar una discordancia: los detenidos dirÃan luego que ellos en realidad poseÃan tres toneladas de droga. Sin embargo, pese a tan embarazosa revelación, tal pesquisa fue el broche triunfal de su carrera.
Esta culminó a fines de 1996, al trascender que su nombre aparecÃa en una escucha telefónica del llamado “caso Cóppolaâ€, en referencia al “garrón†que el representante de Diego Maradona padeció cuando otros policÃas de La Bonaerense le “plantaron†400 gramos de droga en un jarrón que adornaba su domicilio, en complicidad con el juez federal de Dolores, Hernán Bernasconi. Pero esa es otra historia.
La cuestión es que Naldi justo estaba Alemania, preparando los últimos detalles de la llamada “Operación Strawberry†–concebida como su próximo hito en la lucha contra el narcotráfico– cuando se enteró de que lo acababan de pasar a retiro. Pues bien, su reacción entonces fue como la de una orca a la que se le corta el camino en medio del mar. Tanto es asà que pasó a colaborar con los abogados de “Guillote†para poner al descubierto todas las trapisondas del magistrado, a quien atribuÃa su caÃda en desgracia.
Lo cierto es que todo habÃa sido fruto de un lamentable malentendido: el mencionado en la escucha no era precisamente Naldi sino un comisario mayor de la PolicÃa Federal cuyo apellido era Nardi.
Pero el destino del “Ñoño†–otro de sus apodos– ya estaba sellado.
Allà se despachó durante horas con opiniones de todo tipo. Visiblemente herido, no dejaba de transpirar mientras culpaba de su desdicha a una campaña orquestada por el narcotráfico, de la que se hacÃa eco la prensa y –de acuerdo a sus palabras– “los envidiosos de siempreâ€.
Al recordarle esa travesura involuntaria, el Ñoño no dijo nada, aunque sonrió con un dejo malicioso, antes de pasar a otro tema. Pero, al referirse a su holgada situación patrimonial, exclamó indignado:
– ¡Dicen que soy chorro porque ando bien vestido!
Pronunció esa frase señalándose la ropa sin disimular su orgullo. LucÃa un saco rojo fucsia, camisa rosa salmón y mocasines blancos.
La vieja sede de Robos y Hurtos se convirtió en el “Pozo de Banfieldâ€, uno de los centros clandestinos de la última dictadura. Claro que Naldi tiene una explicación para todo:
–A mà nunca pudieron vincularme con los derechos humanos. Nunca me agarraron en nada, querido –soltó, desafiándome a encontrarlo en las listas de la Conadep.
Ya en los ’80, trabó una provechosa relación con el juez federal de San Isidro, Alberto Piotti, y ambos se las ingeniaron para trabajar codo a codo. Los desarmaderos de la zona fueron el escenario predilecto de sus andanzas. Pero, pese al empeño puesto por ellos en los procedimientos, siempre parecÃa faltar algo: los detenidos eran puestos en libertad y los galpones allanados volvÃan a funcionar nuevamente. Piotti y Naldi dejaron la zona Norte al mismo tiempo.
El nuevo juez federal de San Isidro, Roberto Marquevich, le inició seis sumarios por “irregularidades†cometidas en otros tantos procedimientos. Sin embargo, allà no culminarÃa el lazo entre el policÃa y el magistrado, dado que ellos terminaron consumando una serie de pesquisas no menos irregulares.
El cenit de su carrera fue la División Norte de Narcotráfico. Y luego de pasar a retiro se convirtió en agente inorgánico de la SIDE –siendo su amigo, el afamado agente secreto Antonio Stiuso, quien le abrió allà las puertas– una ocupación que supo alternar con la actividad privada.
La solución global
En abril de 1997, cuando “La Bonaerense†fue publicado, el bueno de Naldi montó en cólera y, durante una charla telefónica con un colega, bramó:
–¡Este libro tiene vuelto! ¡Ya me los voy a encontrar a esos dos!
Aquella empresa era como una suerte de cúpula policial en las sombras, a la que respondÃa –según se afirmaba dentro de la Fuerza– “aproximadamente un tercio de su oficialidadâ€.
Dicen que su tarea inicial fue desestabilizar la primera gestión de León Arslanian en el Ministerio de Seguridad provincial, blanqueando los negocios sucios de La Bonaerense, a la vez que utilizaba sus contactos policiales para efectuar tareas de inteligencia.
–Son más absorbentes, cuestan menos y traen más.
Dicho esto, volvió a acomodarse la Magnum y siguió su camino. Desde entonces, sus apariciones mediáticas se hicieron más espaciadas, hasta licuarse por completo.
La medida fue dictada por las autoridades provinciales tras el endurecimiento del reclamo de los trabajadores nucleados en la Asociación Gremial de Empleados de Administración, Maestranza de Casinos (AMS), que llevaban adelante medidas de fuerza en reclamo de respuestas del Instituto de Lotería.
El acto se realizó en el Club AGP y contó con la presencia de autoridades, gremios y referentes del sector portuario. Es la primera vez que se otorgan estas habilitaciones a trabajadoras.
El sindicato STARPyH apuntó contra los responsables de la firma por incumplimientos del convenio, falta de registración adecuada y situaciones de maltrato. “No vamos a permitir que se vulneren derechos”, advirtieron.
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