El Pibe Cabeza: el gánster criollo que murió acribillado como John Dillinger
Rogelio Gordillo, tal su verdadero nombre, conoció una celda meses antes de cumplir los 18. Desde entonces, asoló la Pampa Húmeda con decenas de robos al frente de su banda, revolucionanado el arte del asalto a mano armada con la técnica “tipo comando”. Hasta que una emboscada policial puso "the end" a una vida delictiva de película.
La crónica no consignaba el tÃtulo de la pelÃcula que Dillinger alcanzó a ver justo antes de bajar para siempre el telón de la suya. Tal vez aquel lector, se preguntara justamente eso, mientras clavaba la mirada en un punto indefinido. Y quizás pasara de dicho interrogante a otros.
–Para ver lo que dice de mÃ… Si estoy vivo o si estoy muerto; si estoy lleno de guita o si estoy en cana.
No era otro que Rogelio Gordillo (a) “El Pibe Cabezaâ€.
El amor en tiempos de cólera
Tres lustros atrás, a la ciudad bonaerense de Colón llegaba el lejano eco de la Semana Trágica, tal como se le llamó a la matanza en la Capital Federal de unos 700 obreros en huelga, ocurrida dÃas antes. Tanto es asà que, durante un domingo a la mañana, la policÃa local le dio una impiadosa paliza a un hombre que repartÃa panfletos socialistas entre la gente que salÃa de misa.
Era Rogelio, el menor de los seis hijos que tuvo con Gregoria Lagarda. ¿Acaso semejante episodio signó su destino delictivo?
Las consideraciones al respecto no son unánimes. Porque, a diferencia de otros pistoleros mÃticos, las hazañas del “Pibe Cabeza†parecÃan carecer de atenuantes ideológicos. Más bien, aunque suene raro –y hasta cursi– se podrÃa decir que fue el amor, un amor rebuscado, el factor que lo llevó a la mala vida.
Hasta que alguien se le cruzó en el camino: su vecinita, Juana Prado, de 15 años. Rogelio ya tenÃa 17. El flechazo entre ellos fue arrebatador.
Pero a ese vÃnculo se opuso la madre de la susodicha. El asunto terminó mal: el joven, en medio de una discusión, la hirió levemente en una nalga con un rifle de aire comprimido, antes de escapar con Juana para refugiarse en un establo abandonado en la localidad de Dorila. Allà la policÃa los encontró el 28 de febrero de 1928.
Condenado a siete meses de prisión por “lesionesâ€, Gordillo fue llevado a la cárcel de Santa Rosa.
HabÃa llegado el momento de poner en práctica las enseñanzas adquiridas tras las rejas. Con tal objetivo se afincó en Rosario, la “Chicago argentinaâ€, donde Cherouvrier tenÃa su base operativa. Y enseguida fue asimilado a su gavilla.
Ello dio pie a una seguidilla de asaltos. Eran golpes ambiciosos, aunque escasos de botÃn. Mucho ruido y pocas nueces. Cada tanto, debidamente disfrazado, se dejaba caer en General Pico sin otro propósito que el de visitar a doña Gregoria. Pero un dÃa no apareció más.
Es que habÃa “perdido†otra vez. Fue el 9 de diciembre de 1932, cuando la policÃa rosarina lo detuvo por una “salidera†al administrador de un depósito de aceite. En esa ocasión, terminó en la cárcel de Coronda, de donde saldrÃa en libertad condicional en febrero de 1934.
TenÃa por delante la etapa más espectacular de su carrera.
Tras volver a unirse al Francesito, se les sumó Antonio Caprioli (a) “El Vivo†–quien serÃa su lugarteniente–, Floreal MartÃnez (a) “El Nene†y Juan de la Fuente, entre otros. El Pibe Cabeza ya llevaba la voz cantante del grupo. Por entonces ellos se movÃan entre Santa Fe, La Pampa y Córdoba.
–¡Es la gente del Pibe Cabeza! –exclamó el comisario Herminio Fassio, de la PolicÃa de la Capital. No se equivocaba.
Por entonces, el pistolero, acompañado por Blanca Calvo, habitaba un chalet en las Barrancas de Belgrano, simulando ser un hacendado santafecino. A su vez, Caprioli y De la Fuente interpretaban el papel de empleados suyos.
Pero el cerco que la policÃa fue tendiendo en torno a ellos los obligo a dejar aquel refugio para mudarse a un aguantadero en el barrio de Mataderos.
Gordillo ya era el bandolero urbano más reputado del paÃs, Una leyenda (aún) viviente. Y por sobrados motivos.
Al Pibe Cabeza la clandestinidad le sentaba de maravillas. SolÃa alternar las tensiones propias del “oficio†con farras en salones de moda, como “Lo de Hansenâ€, el famoso restaurante del Parque 3 de Febrero. Siempre del brazo de la bella Blanca Calvo. Siempre de smoking. O con traje de lino blanco cuando se dejaba ver, junto con sus cómplices, en la tribuna oficial del Hipódromo de Palermo, sin que nadie sospechara su verdadera identidad mientras dilapidaba billetes a manos llenas.
El tipo estaba a sus anchas en el papel de bacán. Pero si hubo algo mejor para su ego que el botÃn más abultado del mundo era ver su nombre en la prensa. No en vano, Gustavo Germán González, el gran cronista policial de CrÃtica, lo definió con ojo clÃnico: “Gordillo es el más vanidoso de nuestros pistolerosâ€. Pero, inadvertidamente, la cuerda se le iba acabando.
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Por Gustavo Seira<br />
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