Masacre de Wilde: el capítulo más sangriento del "gatillo fácil" de la Bonaerense
El 10 de enero de 1994, un Dodge 1500 y un Peugeot 505 "por error" fueron acribillados desde cinco móviles no identificables de la Brigada de Lanús. Cuatro de los cinco pasajeros murieron en el acto. Casi 29 años después, el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 3 de Lomas de Zamora está punto de dictar su fallo contra los siete oficiales de la policía bonaerense responsables de la masacre.
Por Ricardo Ragendorfer 16-12-2022 | 13:12 Crónicas sombrÃas: La masacre de Wilde, una sinfonÃa del terror azul VER VIDEO Se trataba del ex comisario Roberto Mantel, de los ex oficiales Osvaldo Lorenzón, Pablo Dudek, Marcelo Valerga, Julio Gatto y del ex cabo Marcos RodrÃguez (otros tres, los ex oficiales Hugo Reyes, César Córdoba y Carlos Saladino murieron antes de iniciarse el juicio, y el ex subteniente Marciano González no puede afrontarlo por un ACV). Ahora solo falta el veredicto, que se dará a conocer el 19 de diciembre . De modo que, hasta aquel lunes, esta añeja historia tendrá un final abierto. Y precisamente por esa razón, merece ser refrescada.La cacerÃa infernal Fueron 239 disparos y cuatro muertes. Un claro ejemplo de lo que valÃa una vida entonces para la policÃa bonaerense. (Foto: Román von Eckstein) En este punto es necesario retroceder a comienzos de 1994. Eduardo Duhalde gobernaba Buenos Aires con la ilusoria creencia de que la aparente prolijidad de su gestión lo llevarÃa a la Casa Rosada. Pero ya era la época de la “Maldita PolicÃa†(que él llamaba “la mejor del mundoâ€). Su cabecilla era el legendario comisario Pedro Klodzcyk y el secretario de Seguridad, Eduardo Pettigiani, un antiguo integrante del grupo fascista Tacuara. Aquel individuo no tardó en advertir que el descontrol del orden urbano comenzaba a esmerilar su figura. Y su reacción fue decir: “A cualquiera que ingrese a la provincia, tranquilamente le pueden reventar la cabeza de un tiroâ€. La reconstrucción de la masacre. En el Dodge 1500 viajaban los libreros Claudio DÃaz y Edgardo CicutÃn. (Foto José Casal) Semejante frase habÃa sonado como una advertencia.El 10 de enero de aquel año, una patota de la peligrosÃsima Brigada de Lanús le dio toda la razón. Aquel lunes a media mañana, una sinfonÃa de sirenas, gritos, chirridos de neumáticos y tiros sacudió la calma que a esa hora imperaba en las calles de Wilde. Un Dodge 1500 amarillo y un Peugeot 505 gris oscuro habÃan sido interceptados por cinco móviles no identificables de dicha unidad, después de una trepidante persecución. El resultado fue devastador. En cuestión de segundos, ambos vehÃculos adquirieron el aspecto de un queso gruyere: la carrocerÃa del Peugeot exhibÃa 40 orificios de bala y la del Dodge, otros tantos. En total, hubo 239 disparos. Pero fue un tiroteo unilateral; las balas silbaban hacia un solo lado. Los policÃas no tardaron en descubrir que habÃan metido la pata, habida cuenta de que estaban allà por –dirÃase– un encono delictivo. Edgardo Cicutin ysu familia. Es que ellos debÃan “cortar†(tal como en la jerga canera se denominan las ejecuciones) a unos “malandras†que trabajaban para la Brigada, pero que pretendÃan abrirse. Los policÃas tenÃan el dato de que sus presas se movÃan aquel dÃa en un Dodge amarillo y en un Peugeot gris. Pues bien, al comenzar la cacerÃa, una congestión del tránsito permitió a ese Dodge eludir el cerco policial. Y asà sus ocupantes (apellidados Quintana, Correa y Leguizamón) salvaron sus pellejos. El Dodge que resultó acribillado junto al Peugeot era, en realidad, otro auto, idéntico al que supo prolongar su huida. Lo manejaba Claudio DÃaz y su acompañante era Edgardo CicutÃn . Ambos vendÃan libros por cuenta de una editorial porteña. El primero salió ileso Pero CicuttÃn murió sin poder aclarar tamaño “malentendidoâ€. En el auto gris yacÃa el remisero Norberto Corbo junto a dos pasajeros: Claudio Mendoza y Enrique Bielsa. Otra imagen de la reconstrucción: los tres ocupantes del Peugeot 505 fallecieron en el acto: el remisero Norberto Corbo y sus pasajeros, Claudio Mendoza y Enrique Bielsa. (Foto José Casal) Los “Patas Negras†–tal como se le dice al personal de La Bonaerense– hicieron lo habitual: confundir pruebas, plantar armas, empiojar la instrucción. Pero los familiares de CicuttÃn y Corbo, junto con DÃaz, insistieron con que las cuatro vÃctimas insistieron en que éstas fueron asesinadas con alevosÃa. Y por ese lado fue la jueza Silvia González, quien no demoró en ordenar la detención de los uniformados. La hipótesis del “ajuste de cuentas†la confirmó el padre del remisero, quien en su declaración aseguró: “Bielsa era informante de algunos policÃas en el tema de drogas; algo debió haber hecho mal, y llegó la orden de borrarloâ€. Los esbirros de la Brigada sabÃan que, al momento de morir, Bielsa y Mendoza se dirigÃan hacia Punta Indio para encontrarse allà con los ocupantes del Dodge a los fines de repartirse drogas o algún botÃn. De hecho, llevaban un portafolio con dinero que, misteriosamente, desapareció. ¿Acaso Bielsa habÃa sido el “batidor†de dicho cónclave? De ser asÃ, no contempló la posibilidad de que la muerte serÃa también para él.Efecto matanza Claudio DÃaz, el milagroso sobreviviente, pieza clave en el juicio contra los responsables de la masacre. (Foto: Pepe Mateos) Tanto lo de de Wilde como otras estruendosas disfunciones de La Bonaerense terminaron por signar, en otoño de 1994, el reemplazo de Pettigiani por el ex juez federal Alberto Piotti, un sujeto ambicioso, amañado y que tenÃa una gran sintonÃa con el jefe Klodzcyk. Una de sus principales tareas fue acudir con insistencia al despacho de la jueza González para interesarse en la causa por el cuádruple crimen policial. Pero ella solo le ofrecÃa migajas, mientras avanzaba con el expediente, sosteniendo la prisión preventiva sobre diez uniformados. En rigor, le faltaba uno: el cabo Marcos RodrÃguez. Su paradero era un misterio celosamente mantenido por la cúpula de la mazorca provincial. Y en ello hubo una razón de peso: ese hombre, que participó en la matanza estando en “disponibilidadâ€, se convirtió en emergente depositario de la culpa grupal. Sus camaradas se obstinaban en achacarle la autorÃa total del hecho, llegando a sugerir que los 239 disparos salieron únicamente de su arma.Pero su doble condición de prófugo y chivo emisario l o tornó peligroso hasta para ellos. Y la forma más expeditiva de impedir que cayera en manos de la Justicia consistió en tratar de callarlo para siempre. El comisario Pedro Klodczyk y el ministro Alberto Piotti. (Archivo Télam). Puesto que muchos policÃas con pedido de captura solÃan refugiarse en sus propios hogares, se creyó que él estarÃa en el suyo. RodrÃguez vivÃa en una calle de Wilde donde todos los chalecitos son iguales. Hasta allà fue un grupo de por lo menos cuatro sicarios. Llegaron de madrugada. Estaba oscuro. Aún asÃ, creyeron reconocer al hombre que buscaban.– ¡Ese es el yuta! –gritó uno de ellos. Se escucharon dos disparos. Y luego, nuevamente el silencio.Fue otra equivocación garrafal . Los agresores se habÃan confundido de casa, y en realidad entraron a la de un vecino. Se trataba de un estudiante de Derecho que tenÃa una contextura fÃsica similar a la del policÃa. Un balazo le atravesó la pierna y el otro lo hirió en la cara, arrasando con su ojo derecho. A los pocos dÃas, mientras se reponÃa de sus heridas, se enteró de que RodrÃguez era buscado por la Masacre de Wilde , y comprendió la confusión. Pero el hecho recién saltó a la luz tres años después. RodrÃguez estuvo “ausente†por un tiempo mucho más prolongado. Raquel Gazzanego, viuda de Edgardo Cicutin, junto a Claudio DÃaz. (Foto: Pepe Mateos) Volviendo a los meses inmediatamente posteriores del asunto, la jueza resistÃa estoicamente las presiones recibidas desde la Gobernación y la cúpula de La Bonaerense. Pero una serie de apelaciones suscriptas por los defensores de los detenidos la saco del juego. Su reemplazante fue el juez de Instrucción Emilio Villamayor, un dilecto amigo de la “gorraâ€. De modo que tal enroque fue una bocanada de esperanza para los policÃas procesados. No solo eso sino que, en noviembre de 1994, los integrantes de la Sala I de la Cámara de Cámara Criminal de Lomas de Zamora –integrada por Juan Silvestrini, Osvaldo Baccini y Ernesto Devoto– revocaron de un plumazo las prisiones preventivas , considerando que no se habÃan hallado pruebas, y cargó la responsabilidad sobre RodrÃguez. En abril del año siguiente, el juez Villamayor añadió su granito de arena al disponer el sobreseimiento provisorio. A los pocos meses, esos camaristas confirmaron aquella resolución. El sobreseimiento fue entonces definitivo. Y la causa fue cerrada. Claro que las familias de las vÃctimas reaccionaron con una serie de apelaciones, aunque, en 2007, los asesinos fueron sobreseÃdos por segunda vez. Hasta que la causa llegó a la Suprema Corte bonaerense. Fue en 2014 –a dos décadas de los hechos– cuando los jueces del máximo tribunal de la provincia revocaron los sobreseimientos para reabrir el expediente. En aquel año, el escurridizo RodrÃguez fue apresado en Córdoba. El juicio tendrá sus veredictos en los próximos dÃas. (Foto: Gustavo Amarelle) Esta trama, que parecÃa definitivamente signada por la impunidad, supo girar como un boomerang hacia su esclarecimiento. En ello fue determinante el tesón de Raquel Gazzanego (la viuda del librero CicutÃn), de Patricia Corbo (la viuda del remisero) y del sobreviviente Claudio DÃaz, patrocinados por los abogados Ciro Annicchiarico y Gustavo Romano Duffau. Durante el mediodÃa del 6 de diciembre, luego de que el acusado Gómez ofreciera ante el TOC Nº 3 de Lomas de Zamora su punto de vista acerca de la teorÃa sobre el “ensayo y error†policial, fue el turno de RodrÃguez. El tipo carraspeó, antes de impostar un dejo dramático en su voz, y dijo:– ¡Soy inocente! Espero que haya justicia –fueron sus últimas palabras antes del veredicto. Los seis hombres que compartÃan el banquillo con él parecÃan aburridos. En unos dÃas el destino tendrá la última palabra. Relacionadas La leyenda del Sátiro de la Bicicleta, un misterio que aún subsiste Baca Campodónico, el enviado del FMI que robó (en Perú) y lo pescaron (en Buenos Aires) El presunto espÃa que oficiaba de soplón del ex juez Bernasconi Masacre de Wilde: sólo dos de los siete expolicÃas juzgados se defendieron en el tribunal Masacre de Wilde: expolicÃas afrontan pedidos de perpetua e inmediata detención Etiquetas: Masacre de Wilde Ricardo Ragendorfer Crónicas sombrÃas Eduardo Duhalde policÃa bonaerense gatillo fácil Pedro Klodczyk Alberto Piotti Audio
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